No tuve tiempo para conocer bien a Jose:
Charo y Javier estaban encantados de poder, al fín, vivir a solas su romance. Yo estaba enamorada. Todos felices (o eso pensaba yo).
Jose era el Gran Hipnotizador: tan encantador, servicial, amigable y "resolutivo" que llegué a soñarle una brillante armadura de platino con celada de rubíes... Mi Caballero... el Hombre Perfecto.
Todas sus conocidas me envidiaban y se preguntaban (lo sé: esas cosas se intuyen) cómo podía haberse fijado en mí-"una chica mona, pero sin trazas de aspirar a modelo de pasarela"- (aún cuando, siendo estudiante en la Facultad, se me ofreció la portunidad de trabajar como modelo de catálogo: si esas chicas llegan a saber de esta faceta mía, pierden el poco sentido que les queda).
Jose y yo llevamos nuestro noviazgo a distancia, separados por por cerca de cuatrocientos kilómetros: yo tenía mi despacho profesional en UbiEdo y él trabajaba y vivía en Helmántika. Así, los fines de semana fueron nuestro mayor anhelo durante quince meses.
Hablábamos cada día por teléfono y el fín de semana intecambiábamos la misiva que nos habíamos dedicado a confeccionar durante la semana... hasta que Jose rompió la "tradición", alegando que no tenía tiempo para escribir cartas. Y aunque había sido él quien había sugerido la correspondencia, acepté que terminase cuando él lo estimó oportuno.
Mucho tiempo después me he dado cuenta de que éste fue el primer incumplimiento del Amo de las Promesas Rotas.
Yo estaba tan absolutamente enamorada (la primera vez en mi vida que me permitía ceder al corazón el puesto de la razón) que había contestado afirmativamente a las cinco propuestas de matrimonio que Jose me hizo en esos casi diez meses de relación; pero pensaba que aún era pronto para fijar una fecha de boda: quería disfrutar de la relación y conocerle mejor.
El día de Reyes del año de mi boda, Jose y yo charlábamos en casa de mis padres, aguardando que estos regresasen de unos recados. En un giro imprevisto de la conversación, Jose volvió a preguntarme si me casaría con él; y por sexta vez le dije que sí.
Pero no me esperaba lo que a continuación me dijo:
Con una expresión que a mí me pareció absolutamente avinagrada, Jose me conminó a poner, de inmediato, una fecha para nuestra boda:
.- Habrá de ser no más tarde el mes de junio de este año, porque es la única fecha que me dejan libre mis compromisos profesionales. Y si no fijas la fecha ahora mismo, dejamos correr lo nuestro.
Decididamente, éstas no son formas de pedir en matrimonio a nadie. Porque no se puede forzar lo que ha de ser mutuamente deaeado y compartido. Nosotros no habíamos hablado nunca de fechas, porque Jose tampoco había hablado antes del tema... por esa razón pensaba que, al igual que yo, él quería esperar un poco más...
Me sacudió un ataque de pánico y pensé rápidamente que no quería perder al único hombre que había mado en toda mi vida. Así que asentí a todo y el compromiso quedó fijado.
Debí habeme dado cuenta entonces de que mi Caballero de la Celada de Rubí no era tal: sino un amable Dr. Jekyll venido a Mr. Hyde.
He ocultado los meses que siguieron desde entonces hasta la boda... dentro de una cortina de niebla: sólo recuerdo las prisas de todos los detalles de la boda: todos por mi cuenta. El novio se limitó a elegir su traje y solicitar su partida de bautismo; y se negaba a con elocuencia a todas mis peticiones de ayuda:
- ¿No ves que yo estoy lejos y no puedo?
- Pero... me refiero a los fines de semana, Jose: es que entre mi trabajo y los preparatiivos...
- Nada, nada... lo estás haciendo muy bien.
Daba media vuelta y cambiaba de conversación.
Y yo me sentía tan agotada y llena de oscuros presentimientos, que terminé por pedirle a Jose- con el tono cargado de histeria, lo sé- que abandonásemos los preparativos y nos casásemos en una ceremonia sencilla, con la gente imprescindible.
La reacción fue brutal:
- ¡No pienso hacerle eso a mi familia y amigos!- gritaba Jose- ¡Se han portado genial conmigo!, de manera que tendremos una boda religiosa y un banquete ¡Y se acabó!.
Necesitaba una palmadita en la espalda... un beso comprensivo... un poco de ayuda... un "todo va a ir bien"... pero obtuve gritos, cólera y... miedo: comencé a temer a mi futuro esposo.
Al cansancio se unió una bandada de negros presentimientos que me asaltaban la razón sin previo aviso ni control. Hoy sé que debía haberlos seguido hasta el final: Esos pequellos destellos me llegaban contínuamente, hasta dejarme interiormente incómoda y aprensiva.(click +/-)
Primero la despedida de soltera que nadie me ofreció (si bien mi grupo de amigas, al enterarse de que no habría despedida para mí, me regalarían, en su lugar, las fotos de la boda); después la insistencia contínua de mi futura suegra y la hermana de ésta porque no olvidara que eran una familia muy unida; los enfados cada vez más explosivos de Jose y, por último, un par de días antes de la boda, un fogonazo mental que me aturdió durante días:
Celebrábamos una cena de presentación “oficial” de Jose a mi familia.
Sentada a la diestra de mi novio, le contemplaba sonriente mientras él charlaba animadamente con los demás comensales.
De pronto, sentí que el Tiempo se paralizaba... y dejé de escuchar las conversaciones, la música del local...
Dejé de percibir el movimiento a mi alrededor y me descubrí mirando a Jose como si fuera la primera vez: No conocía a ese hombre. ¡Me iba a casar con un desconocido!. Le miraba con insistencia y no Me producía ninguna sensación de familiaridad su rostro, congelado en una sonrisa abierta que mostraba un hueco entre dos muelas empastadas... que veía por primera vez en casi diez meses que le conocía.
Me ví sacudida por una sensación de pánico, un dejá-vu a sensu contrario... y pensé rápidamente si podría anunciar allí mismo que no me casaba, que no podía tomar por esposo a un hombre del que no sabía nada: “no le conozco, no le conozco”, me repetía una voz interior.
En ese instante, volvieron a mis oídos el barullo de las conversaciones, la música, las carcajadas... y el mundo y sus figuras recuperaron el don del movimiento.
Respiré hondo, tomÉ un largo trago de agua y me “auto-analicé”:
“Es una crisis de pánico, normal en una persona que va a dar un paso tan decisivo como el matrimonio. Es normal sentirse asustada y desorientada. Ya pasará”.
Y poco a poco deseché la intuición para decirme a sí misma que mis aprensiones no por normales dejaban de ser estupideces sin fundamento. Enajenación mental transitoria producto del estrés...

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a más valiosa información que obtuve de mi viaje procedió de los padres de Carlota, que aún vivían, aunque sin apenas saber nada de su hija: de solícita y apocada persona habíase mutado en descuidada e imbuída de una especie de "joie de vivre" desmedida.
enas puedo dar crédito a cuanto he presenciado... mi pobre Hilde...



Uno
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