No me gusta hablar de culpas: generalmente, con tal de no responsabilizarnos, terminamos por acusar, juzgar y condenar (sin pruebas... sin juicio ni derecho a defensa) a cualquier objeto, persona o circunstancia "ajena" a nuestra voluntad y acción.
Demasiados "quita-culpas".
Demasiados Atlas incapaces ya de sostener sobre sus hombros todo un Universo de culpas ajenas.
Y sé de lo que hablo: soy Atlas. Soy Sísifo (soy la Impotencia, por saber que la piedra rodará ladera abajo... a unos milímetros de alcanzar la cima de la montaña).
Soy Cassandra: porque preveo no ya lo que viví (creedme: se puede "predecir" el pasado), sino lo que he de vivir... y nadie escucha predicciones ni recuerda que las hice y se cumplieron.
En fín... que es muy grande la tentación de no vivir a solas con culpa alguna.
Es por ello que decido tomar el tren del pasado y diseccionar todos y cada uno de esos momentos...
... nos conocimos por casualidad. Y digo bien "por casualidad" porque ya había oído hablar de él y no tenía la menor intención de siquiera interesarme por su persona.
Pero el Diablo Destino se posesionó de mi, por aquél entonces, amiga Charo. Y todo comenzó por una llamada de teléfono:
- ¿Sí?
- ¿Olay?: Soy Charo. Tengo que pedirte un favor inmenso.
- Bien... tú dirás...
- Se trata de Jose: ¡No podemos quitárnoslo de encima!- Charo hablaba a velocidad-luz-. Javier y yo ya no sabemos cómo hacer para poder estar solos: desde que Jose lo dejó con su última novia, viene con nosotros a todas partes, todos los días, ¡Necesitamos un respiro!.
- A ver, a ver... ¿y porqué no le cuentas a él todo ésto en lugar de a mí?. Ya me dirás que podría yo hacer... Además: ¿No es Javier su amigo de siempre?: pues que sea él quien le "lea la papeleta"...
- ¡Imposible!. No hacemos más que insinuarle y no parece que se percate. Por eso, yo había pensado en tí...
- Miedo me das... habla ya.
- Verás: hace tiempo que tú y yo no nos vemos para charlar de nuestras cosas. Así que había pensado que podríamos quedar y, de paso, ya no estamos solos con Jose...
- ¡¿Quieres que me lo ligue para que os deje en paz?!. ¡Pero qué estás diciendo!.
- Mujer... que es sólo una noche. Y hace tanto tiempo que no te veo... ¡Andaaaaaa!: hazlo por mí.
No me podía creer que mi amiga (la misma que me había hablado "quasi-pestes" de las relaciones de Jose con las mujeres) pretendiera utilizarme para librarse del "escopetón".
Pero tanto me rogó y suplicó que, tonta de mí, terminé por ceder. Eso sí: con la previa advertencia de que yo iría a lo mío... no precisamente a "enamorar" ni enamorarme del susodicho Jose.
Llegó la noche del sábado en que nos habíamos citado, y yo acudí con mi móvil pegado a la oreja: por esa cita obligada, había dejado compuestos y "sin novia" a mis amigos. Me echaban de menos.
Esa noche charlé de mil cosas con mi amiga y su novio y... no caí rendida a los pies de Jose, lo que me valió por su parte el apelativo de "pija".
En la tarde del Domingo me llamaba Charo, para darme "el parte" de la noche anterior y contarme, entre otras cosas, el mote que, según Jose, me había ganado por no hacer que mis ojos desprendiesen estrellas y corazones enamorados cuando le miraba.
Semejante actitud narcisista y prepotente me hizo ver aún más claro, si no lo tenía ya, que el tal Jose, por mí, podía freir unas cuantas toneladas de espárragos.
Pero Charo era inasequible al desaliento. Normal: estaba desesperada. De forma que volvió a proponerme otra cita:
- ¡¿Estás loca?!. Pretende que la primera vez que lo veo me desmaye entre sus brazos... y como eso no ocurre ni de lejos, me llama "pija". Ni hablar... no me gusta ese individuo.
- ¡Por favor, Olay, por favor!. ¡Te prometo que sólo será una noche más!. ¡me gustó tanto hablar contigo...!. ¡Te lo juro: es sólo por tí y por mí!. ¡La última, te lo juro!...
Bla-bla-bla-bla... y volví a picar.
Quizás esa noche estuviese baja de defensas y, cual virus, Jose comenzó a apoderarse de mis sentimientos y sentidos: el caso es que sentí que esa noche comenzaba a mirarle con otros ojos... y unos pájaros diminutos revoloteaban arriba y abajo de mis entrañas.
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Distribuyendo culpas
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